Un árbol seco, desnudo, iluminado con luz fría y lateral se alza sobre un suelo de musgo que todavía guarda algo de vida. A sus pies, las últimas hojas no caen: arden. Se desprenden como ascuas, como una bandada de mariposas en llamas, y su vuelo hacia la oscuridad del fondo describe una coreografía entre lo trágico y lo bello. El negro absoluto del fondo convierte la escena en algo próximo al teatro: el escenario vacío donde solo importa la luz sobre los actores.

Las hojas no caen, arden. El otoño no termina: se consume.

La paleta es de una contención calculada. Grises plata para la madera muerta. Naranja, rojo y amarillo para las hojas —colores de fuego, de sangre, de rescoldo— que contrastan con la frialdad del árbol y elevan la tensión visual. Verde oscuro en el suelo, como último testigo de la vida que fue. Juntos, estos elementos construyen una metáfora sobre el fin y la despedida sin recurrir a ningún símbolo explícito.

Cómo se hizo Lo que vemos no es un paisaje encontrado, sino construido a escala mínima. La escena se montó en cenital, con la cámara apuntando hacia abajo sobre un cristal horizontal situado a medio metro del suelo. Sobre ese cristal, Perrino levantó un pequeño diorama: una rama seca con musgo en la base para evocar un árbol en sus últimas horas, y hojas pequeñas diseminadas alrededor como si el viento las hubiera detenido en pleno vuelo. Bajo el cristal, una tela negra absorbió cualquier referencia al espacio real, dejando la escena suspendida en la oscuridad.

El resultado depende de un sistema de iluminación diferenciada con cuatro fuentes de luz a 15 cm del suelo, todas en ángulo de 45° hacia arriba. Dos de ellas eran flashes, situados a izquierda y derecha: su función era congelar en un instante preciso los elementos estáticos del diorama. Las otras dos eran luces continuas LED, colocadas arriba y abajo, con el cometido opuesto: bañar exclusivamente las hojas y parte del musgo, pero sin tocar nunca el árbol. Esta distinción es la clave de todo: el árbol debía permanecer inmóvil, testigo estático del paso del tiempo.

Escenario Diorama en miniatura sobre cristal horizontal a medio metro del suelo. Tela negra debajo para eliminar toda referencia espacial. Posición de cámara Cenital, disparando hacia abajo sobre la escena construida. Flash (×2) Izquierda y derecha a 45°. Congelan el árbol, el musgo y las hojas en un instante preciso al inicio de la exposición. LED continuos (×2) Arriba y abajo. Iluminan solo las hojas y parte del musgo, nunca el árbol: son la fuente de todas las estelas de movimiento. Exposición Larga exposición de unos cuatro segundos. Diafragma cerrado para mantener todo el volumen del árbol en foco. El movimiento Tras el destello del flash, con el obturador aún abierto, el cristal se desplaza suavemente con las manos. Las hojas, iluminadas por los LED, trazan sus pinceladas. El árbol, sin luz continua, no deja rastro. La secuencia ocurre así: el flash fija la escena en un instante, pero el obturador permanece abierto. En los segundos siguientes, el fotógrafo mueve el cristal suavemente con las manos. El árbol, sin luz continua que lo bañe, no registra movimiento alguno en el sensor. Las hojas, en cambio, iluminadas por los LED, dibujan su rastro luminoso con cada milímetro de desplazamiento. Las pinceladas rojas y naranjas que envuelven a cada hoja no son postproceso: son física de la luz trabajando durante la exposición.

El propio Perrino define la imagen como deliberadamente no realista —una imagen emocional donde la técnica no se disimula sino que se pone al servicio de la poesía. Fuente y declaraciones del autor: Portfolio Natural.

El autor Roberto Perrino de las Heras es un fotógrafo español cuya trayectoria tiene algo de paradoja afortunada: comenzó a fotografiar en serio en 2013 como consecuencia de un problema de salud que le alejó del deporte. Lo que empezó como alternativa se convirtió en obsesión creativa. Hoy es miembro de Portfolio Natural, la plataforma española de referencia en fotografía de naturaleza de autor.

Se define como fotógrafo todoterreno, aunque su verdadera pasión reside en la macrofotografía y la fotografía de naturaleza creativa: ese territorio limítrofe entre el documento y la interpretación donde las reglas del género se doblan al servicio de una idea. El 90% de su trabajo nace a menos de cuarenta kilómetros de su casa, lo que dice mucho sobre su manera de entender la fotografía: no como búsqueda de lugares extraordinarios, sino como mirada extraordinaria sobre lugares próximos.

El ocaso del otoño encarna perfectamente esa filosofía. Un árbol y unas hojas —elementos de un paisaje cotidiano— transformados mediante técnica, paciencia y visión en algo que va más allá de la estación: una elegía visual, una imagen que habla del fin con la misma belleza con la que hablaría del comienzo.

RP Roberto Perrino de las Heras Fotógrafo de naturaleza y macrofotografía. Miembro de Portfolio Natural. Su obra puede consultarse en portfolionatural.com y en su galería de Flickr. Prints en edición limitada disponibles sobre papel Hahnemühle Photo Rag 380 con tintas pigmentadas.