La imagen se tomó el 20 de septiembre de 1932 durante la construcción del edificio RCA —hoy conocido como 30 Rockefeller Plaza— en el corazón del Rockefeller Center. La viga donde posan los trabajadores se encontraba a unos 260 metros sobre la calle, en el piso 69 de la estructura todavía sin cerrar. El nombre original era humilde y descriptivo: Builders of The City Enjoy Luncheon. El mundo la rebautizaría como Lunch atop a Skyscraper.

Un golpe de efecto calculado Lo que la fotografía no muestra —y que durante décadas permaneció en segundo plano— es que la escena fue deliberadamente orquestada. No fue un momento robado al azar en una pausa del trabajo. Era parte de una campaña publicitaria destinada a generar expectativa alrededor de la construcción del Rockefeller Center, uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos de la historia de Nueva York. Los obreros, acostumbrados a caminar por aquellas vigas sin más protección que su propio equilibrio, posaron para la cámara.

Ese día hubo más de una toma. En otras imágenes de la misma sesión se ve a los mismos hombres echando una siesta sobre la viga, lanzando un balón de fútbol americano, o brindando con botellas de whisky a casi tres cuartos de kilómetro de altura. La imagen del almuerzo fue la que sobrevivió. La que encontró su camino hasta las páginas del New York Herald-Tribune el 2 de octubre de 1932 y no volvió a abandonar la memoria colectiva.

Una pieza de historia americana que capturó el espíritu de toda una época.

Ken Johnston, director de fotografía histórica, Corbis El fotógrafo sin nombre Durante décadas, la autoría de la fotografía fue un misterio. La imagen circuló sin firma, fue erróneamente atribuida a Lewis Hine —que sí documentó la construcción del Empire State Building, en un proyecto diferente— y nadie reclamó la paternidad de manera definitiva durante años.

Hoy sabemos que aquel día había al menos tres fotógrafos presentes en el andamio: Charles C. Ebbets, Thomas Kelley y William Leftwich. La familia de Ebbets conserva una nota manuscrita de su esposa que le atribuye la imagen, y existe además una fotografía de él mismo en lo alto de la estructura con su cámara. Pero ninguna prueba concluyente señala a un único autor. La fotografía más reconocida de la industria de la construcción estadounidense pertenece, en cierto modo, a todos y a nadie.

Los hombres sobre la viga De los once rostros que aparecen en la imagen, solo dos han sido identificados con certeza: Joseph Eckner, el tercero por la izquierda, y Joe Curtis, el tercero por la derecha. El resto permanece en el anonimato, lo que añade una capa de melancolía a la fotografía: once hombres que sostuvieron el peso literal de una ciudad entera, y que el tiempo se ha negado a devolver.

Se sabe que la mano de obra de Rockefeller Center estuvo formada principalmente por inmigrantes, sobre todo irlandeses e italianos, y también por trabajadores mohawk, reconocidos desde el siglo XIX por su destreza en las alturas. Muchos de ellos llegaron a Nueva York huyendo de la pobreza; otros tantos encontraron en el oficio de ironworker —herrero de estructuras— una forma de vida que combinaba destreza física con un riesgo permanente. El documental Men at Lunch (2012), dirigido por los hermanos Seán y Eamonn Ó Cualáin, intentó rastrear sus identidades y consiguió, al menos, confirmar que la fotografía no fue retocada ni manipulada: el negativo de vidrio en el archivo Bettmann lo corrobora.

Por qué esta imagen y no otra En 1932 se tomaron miles de fotografías de obreros de la construcción. La mayoría se perdieron. Esta no. ¿Por qué?

La respuesta está en la composición. La viga actúa como una línea horizontal que estabiliza visualmente el encuadre, creando un eje de calma en contraste con el vértigo geométrico de la ciudad que se extiende debajo. Los once hombres no están perfectamente espaciados —hay grupos, conversaciones, silencios— y esa irregularidad orgánica es lo que los hace humanos. El humo de los cigarrillos, las gorras ladeadas, la caja de cartón con el almuerzo: son detalles de una cotidianidad absurda en ese contexto, y esa contradicción es el corazón de la imagen.

En plena Depresión, cuando millones de americanos no tenían trabajo ni perspectivas, la fotografía mostraba a unos hombres que sí tenían algo que hacer, aunque ese algo fuera construir el cielo a manos desnudas. Había en ella dignidad, camaradería, y un desprecio casi sobrenatural al peligro. Para una sociedad hambrienta de símbolos de resistencia, fue exactamente eso.

La imagen que nunca envejece Más de noventa años después, Lunch atop a Skyscraper sigue siendo reproducida, parodiada, homenajeada y analizada. El propio Rockefeller Center instaló recientemente una experiencia en la que los visitantes pueden sentarse sobre una réplica de la viga —con arnés de seguridad, a doce pies del suelo— para hacerse una idea de lo que vivieron aquellos hombres. La viga original fue construida para durar; la fotografía, sin querer, también.

Lo que hace grande a esta imagen no es el peligro ni la altura. Es que once hombres anónimos, en el peor momento económico del siglo, pararon a comer y a hablar entre ellos. Que en medio del vacío encontraron algo parecido a la normalidad. Y que alguien —quienquiera que fuese— tuvo la inteligencia de apretar el obturador en ese instante exacto.

Eso es lo que hace una fotografía memorable: no capturar lo extraordinario, sino revelar lo humano dentro de lo imposible.